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Hipnosis y sus condicionamientos 2

Como es obvio, Thorndike recogió sus progresos en una serie de leyes, que marcarían la evolución de las psicoterapias a posteriori, y a la que llamó “leyes del aprendizaje” donde su esencia quedaría básicamente plasmada en 2 leyes que regirán todo modelo psicoterapéutico en el futuro. Esta leyes son:

  • La ley del efecto: donde se establece que una conexión cerebral (neuronal) se puede fortalecer o debilitar según el grado de satisfacción o de molestia que suponga a la persona. Esta ley fue esencial para las psicoterapias, puesto que en base a ella, se realizaron después las técnicas de modificación de conducta destinadas precisamente a eso, generar recompensa (de lo que se encarga la dopamina), o molestia (de lo que se encarga la histamina).
  • La ley del ejercicio: donde se establece que cuando una conexión cerebral se modifica y genera recompensa, esta conexión se hace más fuerte y modifica a su vez la conducta. Para modificar estas conexiones es necesario repetir la experiencia varias veces, para que se produzca el aprendizaje.

Tras Thorndike llega John Broadus Watson reconocido históricamente como el fundador de la terapia conductista, quien empezó a investigar desde la Universidad de Chicago en la cual se doctoró. Watson también experimentó con animales, llegando a destacar sus trabajos con la rata blanca, pero pronto trasladó todas sus conocimientos al ser humano. Watson supuso que los seres humanos poseían algunas respuestas de conducta programadas desde que nacen, como el amor y la ira, y que el resto de las respuestas de su conducta las irá adquiriendo mediante el aprendizaje.

El experimento que haría pasar a Watson a la posteridad, y conocido como el experimento del “pequeño Albert” consistía en acercar la rata a un bebé llamado Albert, para que pudiera tocarla y jugar con ella. Albert no mostró miedo alguno por el pequeño animal, hasta que se comenzó a realizar un ruido estridente cada vez que Albert tocaba la rata, con intención de asustarle, cosa que consiguieron rápidamente. Pronto el bebé Albert aprendió a asociar el temible ruido a la rata, por lo que empezó a temerla, pero lo que es aún más importante, el niño comenzó a mostrar temor por la rata aún sin hacer ningún ruido, gracias al condicionamiento que se había generado, con lo que la teoría del condicionamiento clásico de Pavlov quedaba demostrada, pero Watson quiso ir aún más allá, revertiendo la respuesta aprendida a ese condicionamiento, de forma que comenzó lentamente a mostrarle al bebé Albert la rata de nuevo, sin generar estridencia alguna, una y otra vez, hasta que el niño aprendiera de nuevo, consiguiendo finalmente que el niño no llorara al ver la rata, con lo que la teoría del condicionamiento de extinción, quedaba demostrada. No todo el mundo estuvo de acuerdo en que el bebé Albert nunca volviera a llorar al ver la rata que antes había aprendido a temer. Algunos observadores como Harris 1979, Samelson 1980, y Brophy 1990, escribieron después que el miedo condicionado al bebé era mucho más permanente de lo que se reconocía.

Este experimento que fue filmado para la historia, se benefició de leyes que lo hicieron posible. Hoy los derechos de protección al menor, harían totalmente imposible repetirlos. A sus resultados se les llamó condicionamiento operante, y venía a demostrar que el condicionamiento se basaba en el aprendizaje, y por tanto, podía ser dirigido en un sentido, o el contrario, como se desprende de la observación de la conducta, que defendía como único método empírico.

Los hallazgos de Watson no son pequeños ni triviales, su trabajo demostró al conocimiento científico que no importaba lo patológico de una conducta aprendida, siempre se puede revertir mediante el condicionamiento, lo que impulsaría hasta el infinito la necesidad de desarrollar técnicas de modificación de conducta, que protocolizasen este procedimiento para cualquier psicoterapeuta mediante la terapia.

El trabajo de Watson lo completaría Burrhus Frederic Skinner, quien ya partió de la premisa de las leyes del aprendizaje y el condicionamiento operante, para ampliar sus fronteras. Un tanto obsesionado con la conducta predecible, y acusado frecuentemente de aislamiento en la psicología de laboratorio, desde la Universidad de Harvard donde ejercía como profesor, tras un periplo por varias universidades, contribuyó de forma notable al prestigio que esta universidad llegó a alcanzar. Sus famosos experimentos de palomas encerradas en una caja, cuya respuesta se condicionaba hasta ser plenamente predecible, pasaron a la posteridad como la “caja de Skinner“. Estas cajas disponían de mecanismos que el animal podía manejar, como palancas, recompensando una respuesta mediante comida, hasta que el animal respondía al condicionamiento aprendido sin prácticamente ningún error, incluso si el aprendizaje suponía movimientos imposibles para el animal, como girar en sentido contrario a las agujas del reloj para ser recompenesado con la comida.

Skinner llevaría sus experimentos hasta el extremo, hasta el punto que se rumoreaba que había colocado a su propia hija en una de estas cajas, lo que no es cierto en absoluto, pero da una idea de lo estricto y exigente de su experimentación, por lo que a nadie extrañó que denominase a sus conclusiones como conductismo radical. La aportación de Skinner marcaría un antes y un después en las psicoterapias. Gracias a él se puede concluir que cuando una respuesta es adecuadamente recompensada y suficientemente repetida como para garantizar el aprendizaje, resulta prácticamente predecible en su totalidad, y si la respuesta es castigada con igual repetición, desprenderá la conducta contraria, con lugar a pocas o ninguna variación. Skinner denominó a esto “contingencias” y son uno de los pilares básicos del aprendizaje comportamental.

Naturalmente ni Skinner, ni Watson, ni Pavlov, repitieron estos experimentos con seres humanos, de ahí lo radical de sus conceptos y teorías conductistas. En realidad nunca plantearon la variable cognitiva, es más, ni siquiera la consideraban, al no ser mesurable en laboratorio. Los animales respondían siempre con respuestas predecibles al aprendizaje, y resultaban muy útiles para corroborar la teorías de la conducta, pero cuando se llevaba a la terapia con humanos, no siempre funcionaba. Esto enfurecía a los conductistas, pero especialmente a Skinner, quien entraba en cólera ante una respuesta no predicha del comportamiento.

No obstante, la terapia estaba en la calle. El conductismo era el último modelo de terapia, lo más avanzado que el conocimiento científico podía ofrecer y frecuentemente se lustraba de sus muchos avances en la psicología de laboratorio, y sus leyes que se derivan de ello. Ser conductista a principios del siglo XX era lo más moderno imaginable, y gozaba de todo el prestigio académico. Naturalmente la hipnosis no fue la excepción, y la moderna hipnosis conductista, básicamente elaborada de puño y letra de Hull, rápidamente sumió en el olvido a la vieja hipnosis de abreacción con catarsis de Joseph Breuer y Sigmund Freud. La hipnosis directa había entrado en escena. La hipnosis de abreacción había muerto, o al menos así pensaba la mayoría de hipnólogos reputados.

Naturalmente las cosas no fueron ni tan sencillas ni tan drásticas. La hipnosis directa daba márgenes de fracaso clínico estremecedores, que en algunos trastornos específicos superaban el 50%, y en otros ni siquiera llegaba al valor estadístico mínimo del 25%, algo que para un conductista por definición basado en la medida estricta, y que no podía contemplar siquiera opción alguna que no fuera mesurable, era por momentos frustrante. No obstante, valores por encima del 50% en trastornos sencillos, eran valores desconocidos hasta la época, y jamás logrados por la hipnosis de abreacción, que nunca aspiró a sobrepasar el 30%. Sin embargo no desapareció. Abandonada por los eruditos de la psicoterapia, la hipnosis de abreacción cae en manos de los místicos, quienes la perpetúan en base a conceptos esotéricos y religiosos que nada tienen que ver ni con la ciencia ni con la clínica, sin embargo los tiempos estarían de su parte, y el movimiento “happy flower” de los ´60 y ´70, orientarían los gustos sociales hacia la mística, lo sobrenatural y especialmente los alucinógenos, configurando una generación con firmes creencias en el amor libre, el LSD, la mística oriental y los fenómenos ocultos, que prolongó su vida hasta prácticamente bien entrados los ´90.

Estos movimientos sociales, no tienen intrínsecamente nada de malo, e hicieron posible bajo la influencia de los alucinógenos, una gran creatividad en la literatura, la música y el arte en general. Tanto es así, que supone el comienzo de la grabación de música en los estudios con el formato multi pista, al que se agregaban efectos electrónicos, lo que hacía imposible reproducir la canción grabada en una actuación en vivo, pero ya no tenía retorno, jamás se volvería a la etapa anterior. En la hipnosis específicamente, es la época de la combinación con todo tipo de sustancias alucinógenas, algunas naturales y otras sintéticas, lo que con frecuencia daba resultados cuando menos sorprendentes, a pesar de que la experimentación y uso de estas sustancias estaba prohibida en muchos países como los Estados Unidos.

Sin embargo, algo no funcionaba. La hipnosis actuaba clínicamente a la perfección y con errores mínimos, cuando de control biológico se trataba, como el dolor, pero cuando se hablaba de trastornos de la conducta, sólo se mostraban los datos favorecedores y se ocultaban los demás. Esto no cabía en la cabeza de ningún conductista que se precie, por lo que, a tiempos revueltos, las revoluciones eran previsibles.

Esta situación encumbró dos tipos de perfil en la época, los conservadores que trataban de aportar explicación clínica a estos sucesos, y los progresistas (anti sistema) que renegaban del modelo conductista en su totalidad. Los primeros se ajustaban al perfil de un clínico erudito, generalmente en posesión de un doctorado y una cátedra, de importante respetabilidad social, y posición económica digna. De este grupo, corresponden personalidades tan destacadas como Theodor Sarbin, Ernest Hilgard o Weitzenhoffer, estos últimos responsables de las escalas de susceptibilidad de la hipnosis, bajo el amparo de la Universidad de Stanford. El tiempo y la mejora constante del conocimiento científico, demostró inciertas sus teorías en este sentido, pero la intención de explicar de forma empírica el porcentaje de fracasos clínicos era noble.

En el perfil de los revolucionarios anti sistema, que se correspondía con clínicos de menor posición social y prestigio, destaca sobremanera un alumno del propio Hull, padre y autoridad indiscutible del conductismo en hipnosis, es decir la hipnosis directa. Esto enfureció a Hull de forma considerable. No podía aceptar de buen grado los revolucionarios anti sistema, pero que además se tratase de alumno suyo, suponía el colmo de la paciencia para un conductista radical convencido.

Hablamos naturalmente de Milton Erickson, tan radical e intransigente en su política anti sistema, como lo era Hull con el sistema. El enfrentamiento profesor alumno estaba servido, sin embargo Erickson, aportó sin saberlo la variable que faltaba, esto es la variable cognitiva, gracias a su modelo basado esencialmente en metáforas, que huían por completo del procedimiento clínico, y que denominó naturalmente con el nombre justamente contrario al de su profesor, esto es, la hipnosis indirecta.

Continúa en el capítulo 3

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