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La discapacidad intelectual

El antiguamente denominado “retraso mental” ha ido variando denominaciones con el tiempo. En el siglo XVIII la denominación común era “idiotismo”, haciendo referencia a un déficit de la capacidad de inteligencia. Más adelante el psiquiatra “Kraepelin” hace prevalecer el término “oligofrenia” o inteligencia mínima. Con el paso del tiempo, estas denominaciones han ido variando desde anormalidad, insuficiencia, deficiencia, subnormalidad, aunque la mayoría de ellas pertenecen al léxico popular.

Estas denominaciones se fueron eliminando por entenderse su carácter peyorativo o discriminatorio, pasando a universalizarse el término discapacidad intelectual, y en el caso de los niños escolarizados, “alumnos con necesidades educativas especiales” según se indica en las directrices de la LOGSE. Sin embargo, el término de “Retraso Mental” siguió apareciendo en los diferentes sistemas diagnósticos de los trastornos mentales como el DSM y CIE, refiriendo el nivel de competencia intelectual. En la actualidad los nuevos criterios del DSM han cambiado también, utilizando únicamente la definición de Trastornos del Desarrollo Intelectual o TDI, a partir de la cuarta edición, para modificar lo que anteriormente se definía como “Retraso Mental”.

Las clasificaciones internacionales consideran el Trastorno del Desarrollo Intelectual o TDI como un desarrollo mental que se entiende incompleto o detenido, y que consecuentemente produce deterioros en las funciones cognitivas, pero no sólo, también con frecuencia en las funciones del lenguaje, y de socialización. Se hablaría por tanto de un trastorno pluri-dimensional que puede afectar a las funciones biológicas, psicológicos y sociales.

La inteligencia es por definición un concepto subjetivo, suscitándose un interés en obtener pruebas fiables y con validez suficiente para medición. Actualmente se utiliza de forma común, para evaluar la inteligencia las denominadas pruebas del “Cociente Intelectual” o C.I. Este C.I se calcula en base a dividir la edad mental del individuo entre su edad cronológica, y multiplicando el resultado por 100. A partir de ahí, se establece el punto medio, en un resultado igual a 100.

Estas pruebas se encuentran estandarizadas en la actualidad, con sus baremos correspondientes, y con todas las garantías psicométricas, para establecer este valor del C.I. Especialmente indicadas son las pruebas Weschler o WISC en todos sus formatos, y que se entienden como apropiadas para efectuar evaluaciones de inteligencia. De acuerdo a los resultados de estas pruebas, los sistemas diagnósticos DSM y CIE establecen los denominados puntos de corte, para mesurar una presencia de R.M. y su magnitud. Los puntos de corte o escalas de gravedad, serían los siguientes:

  • Leve: CI 69-50
  • Moderado: CI 49-35
  • Grave: CI 34-20
  • Profundo: CI menor de 20

Los criterios diagnósticos utilizados al margen de las psicometrías serían:

  • Se inicia durante el desarrollo juvenil.
  • limitaciones visibles del funcionamiento intelectual y en el comportamiento
    adaptativo
  • Deficiencias visibles de las funciones intelectuales, el razonamiento, el juicio, el pensamiento abstracto, la resolución de problemas, la planificacion, y el aprendizaje académico.
  • Estas deficiencias deben contrastarse mediante evaluacion y las pruebas de inteligencia estandarizadas.
  • Igualmente estas deficiencias del comportamiento adaptativo procuran fracaso en el cumplimiento de los estándares de desarrollo y socioculturales, entendidos como suficientes para lograr una autonomía personal y de responsabilidad social.

Antes de proceder a una evaluación, deberá recogerse con sumo detalle la historia evolutiva del niño, con sus diagnósticos médicos, si los hubiere, así como las circunstancias pasadas y actuales. La aplicación de las escalas para averiguar el nivel de desarrollo son importantes en los inicios. En niños se puede utilizar el Inventario de Desarrollo de Batelle entre 0 y 8 años de edad, así como las Escalas Brunet-Lezine para edades entre 1 y 30 meses. Otra forma frecuente de valoración del R.M., es a través del dibujo del niño. Es habitual la copia compulsiva, especialmente de figuras geométricas, lo que en principio daría información para indicar el nivel de retraso mental. En el retraso mental, la copia compulsiva suele extenderse durante la vida del trastornado/a.

Las figuras humanas también pueden proporcionar datos importantes respecto al retraso mental. Es especialmente signitiva la simpleza extrema en la riqueza y el detalle en el dibujo. Si se utilizan tests de dibujo, se debe reseñar el Test de Bender, muy sensible en la detección de problemas de coordinación viso-espacial, e incluso de posibles trastornos neurológicos o emocionales.

En adultos no diagnosticados durante el desarrollo juvenil, debe prevalecer la observación de la copia compulsiva, la simpleza conductual, que no se desarrolla de forma importante desde la temprana adolescencia, y la incapacidad de afrontación en su conducta. Carecen de fundamento las afirmaciones dirigidas hacia el carácter asocial del R.M. a partir de los 21 años. Generalmente el adulto con Trastorno del Desarrollo Intelectual prefiere formas de socialización donde puede ocultar su identidad con facilidad, por lo que son prevalentes en redes sociales, y raramente se exponen a la entrevista personal o trasladan cualquier relación a ámbitos presenciales, ya que les resulta más eficiente para ocultar el déficit intelectual.

En formas de comunicación digital, se ha constatado estadísticamente la utilización común de identidades falsas o ocultas, y llegan a obtener pericia en la simulación, siempre que cuenten con un modelo aceptado del que puedan copiar la conducta.

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