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Estrés y sistema inmune. Capítulo 2.

La acetilcolina es el neurotransmisor que la percepción cognitiva utiliza para activar el interruptor de arranque del mecanismo del estrés, activando el resto de neurotransmisores de este mecanismo (adrenalina, noradrenalina, cortisol y serotonina). Pero resulta ser que el interruptor del mecanismo del estrés es trifásico, esto es, cuando se activa, no sólo arranca este mecanismo, sino que arranca también el mecanismo de la atención, percepción y memoria (mecanismo del aprendizaje), y además el mecanismo neuro-inmune.

capítulo 1 El estrés y el sistema inmune

Esto complica mucho las cosas cuando el mecanismo del estrés arranca inapropiadamente por una falsa alarma de la percepción cognitiva, puesto que ademas memoriza el arranque, y aprende de el, lo que en realidad significa, que si arrancó en falso, el aprendizaje procurará que vuelva a hacerlo ante un estímulo similar o igual de forma incluso más rápida, con lo que el trastorno de la ansiedad está servido. Por si esto no fuera suficiente, cada arranque en falso, al utilizar grandes dosis de cortisol, precipita la oxidación y debilita el mecanismo neuroinmune, por exceso de adrenalina y noradrenalina. Con la serotonina hace exactamente lo contrario, la inhibe. Demasiados arranques del mecanismo en falso, tendrá como consecuencia que la serotonina se mantenga en niveles bajos de forma continuada, con lo que el humor acabará por colapsarse, debido a la carencia de su ingrediente esencial, con lo que los procesos depresivos concomitantes a los trastorno de la ansiedad cronificados, comenzarán a manifestarse un tiempo después.

Todo parece señalar al mecanismo del estrés como un mecanismo torpe, cuyos fallos dificultan seriamente el funcionamiento general de la máquina (metabolismo), pero lo cierto es que sus errores no acaban ahí. Si su reacción inmediata a la amenaza (adrenalina, noradrenalina y cortisol) se mantiene excesivamente, una parte del cableado (neuronas) no podrán soportar durante mucho tiempo el exceso de tensión, y consecuentemente algunos contactos fallarán (pérdidas neuronales). Esta circunstancia que en principio parece muy grave, está prevista de fábrica (genética), y tratará de compensar la perdida de cableado, utilizando otros circuitos operativos. A esto le llamamos plasticidad neuronal, y aunque es bastante eficiente, no responde precisamente con rapidez, ya que tiene que localizar otros cableados (neuronas) por los que poder enviar la información, hasta el punto diana, sin sobrecargarlos. Esto le puede llevar meses, incluso años en ocasiones, dependiendo del cableado perdido, sin embargo la pérdida de conexiones (neuronas) es mucho más rápida.

El segundo componente que utiliza para activar la reacción de alarma, esto es, el cortisol, muy eficiente a la hora de activar respuestas rápidas y resistentes, realiza su trabajo con un coste celular altísimo, procurando una oxidación meteórica de los componentes que utiliza. Un ejemplo práctico sería el uso de unas pilas de gran amperaje, capaces de alimentar todos los resortes de una máquina, si es necesario, pero que consigue esa intensidad a cambio de sulfatarse rápidamente. Todos sabemos por experiencia, que le sucede a un circuito cuando las pilas se sulfatan. Es una analogía muy próxima. En nuestro caso, la oxidación derivada del cortisol, supondrá añadirle años a su metabolismo, lo que precipitará un envejecimiento acelarado.

Si estos costes derivados del arranque del mecanismo del estrés, se producen como respuesta a una alarma que puede suponer una amenaza para la vida, el coste está bien invertido, ya que la amenaza pronto o tarde desaparecerá, y la máquina seguirá funcionando (conserva la vida). El gran fallo estriba cuando el mecanismo arranca, con todos sus costes derivados, confundiendo el estímulo con una amenaza, cuando realmente no lo es, o lo que es lo mismo, pagamos el precio del arranque, sin que hubiéramos estado nunca expuestos a una amenaza real. En este caso, en el sopesamiento de costes por beneficios, siempre sale la máquina perdiendo, ya que paga un alto por precio por nada. Podríamos decir en nuestro consuelo, que el interruptor de arranque tampoco falla tantas veces como para preocuparse, pero la realidad es bien distinta. La percepción cognitiva dispara acetilcolina para arrancarlo, sólo aunque suponga o sospeche la amenaza, es decir, primero dispara, luego pregunta. Si tenemos en cuenta, que la percepción cognitiva no anda muy bien de la vista, el resultado de disparar primero y luego preguntar, es anticipable para cualquiera.

Este son simples ejemplos, de cómo una pieza evolutivamente barata, y que consecuentemente falla con frecuencia, afecta al funcionamiento general de la máquina, mediante la implicación de otras piezas, llegando en muchas ocasiones a conseguir que la máquina en su conjunto general comience a mal funcionar. Como hemos dicho en el capítulo anterior, ni mucho menos es el único mecanismo que presenta estos problemas, la evolución de “bajo coste” en muchos mecanismos, hace que este tipo de problemas sean frecuentes. Un ejemplo simple, al añadir el mecanismo fonador a la especie humana (cuerdas vocales), debió abrir espacio para el, bajando el resto de mecanismos de la laringe y su conexión con los mecanismos respiratorios, consecuencia de lo cual, el ser humano es el único primate que tiene riesgo de atragantarse con un alimento y morir asfixiado. Mejor no hablemos de las áreas de la corteza, encargadas de coordinar este mecanismo fonador (área de Broca y Wernicke), nunca la evolución les concedió un espacio suficiente para realizar un buen trabajo lingüístico, y aunque nos defendemos en este asunto, siempre es como condición de que el sonido del mecanismo fonador llegue limpio al mecanismo auditivo, de lo contrario, deberá pedir ayuda al mecanismo de la atención y la percepción para poder procesarlo. Como ya hemos visto, la percepción no es precisamente un modelo de eficiencia, por lo que entender “digo” en lugar de “Diego” en condiciones ambietales adversas, es más que predecible.

Pero esto es simple “pecata minuta” en la adquisición evolutiva de mecanismos. Sin duda, donde la naturaleza nos vendió “gato” por “liebre” fue en la memoria. No encontró nada más barato en este asunto, por lo que decir que la memoria humana es “poco fiable“, es una expresión parecida a la de un vendedor de autos usados, cuando dice que está en perfectas condiciones después de 15 años. Para disimular un mecanismo muy barato y poco fiable, la naturaleza la construyó como reconstructiva, en lugar de reproductiva, ya que no tenía espacio suficiente para lo segundo. Lo que en realidad significa que la memoria reconstruye los datos que le faltan por simple aplicación lógica. Puesto que todos los datos memorizados son bastante parciales, el resultado es que se inventa la mitad de lo que recuerda, en el mejor de los casos. Como esto resultaba bastante vergonzante para el vendedor (la naturaleza) nos terminó de vender “la burra” añadiéndole un simplísimo y baratísimo mecanismo de reafirmación. Esto es, seguirá inventándose la mitad o más de lo que recuerde, pero con este “parche” que introduce en el mecanismo de la cognición, al usuario le parecerá que lo recordado es lo correcto y real de forma reafirmada, aunque en realidad poco tenga que ver con la realidad, pero si está convencido de ello … ¿Qué importancia tiene que no sea real?. Es la realidad para él, y eso es lo que cuenta (concluye el fabricante, esto es, la evolución, en su alegato de defensa).

Realizado por la Sociedad de Hipnosis Profesional.

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