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Estrés y sistema inmune. Capítulo 1.

Estrés y sistema inmune. Capítulo 1.

Nuestro sistema inmune, cumple una función de protección hacia cualquier tipo de infección provocada por agentes patógenos, mientras mantiene una correcta tolerancia hacia los patógenos endógenos parásitos, necesarios para la vida. Por esta razón, nuestro sistema inmune ha desarrollado todo un conjunto de variadas respuestas, para combatir aquellos agresores externos, sin dañar a los que viven en nuestro cuerpo. Trataremos de explicar en capítulos coleccionables, cómo funciona de una forma básica estos mecanismos y cuales son su fallos esenciales.

El sistema inmune.

Con la única finalidad de inmunizar nuestro organismo de infecciones, la primera función del sistema inmunitario es la capacidad de reconocer al patógeno, para de esta forma establecer, establecer una estrategia de defensa y destruir al intruso. Para ello, el sistema inmune dispone de dos herramientas:

  • La inmunidad adaptativa: donde dispone de dos estrategias básicas, una de ellas celular, y otra de acción bioquímica.
  • La inmunidad común: donde desarrolla una reacción genética establecida ante la lesión de cualquier tejido, especialmente si es aprovechado por un agente invasor externo, aumentando la circulación sanguínea, y produciendo una respuesta inflamatoria. Si la situación resultase grave, además aumentará la temperatura corporal.

Dispone de dos velocidades de actuación. Una de ellas de respuesta inmediata, ante agresiones directas, y otra más lenta, pero más específica y eficiente.

Desafortunadamente la evolución genética de este mecanismo, como tantos otros elementos evolutivos de la especie humana, ha sido de “bajo coste“, lo que significa que en la balanza entre el coste energético y la eficiencia, el primer elemento resulta ser el que ha prevalecido.

Este modelo evolutivo, es muy habitual en la especie humana. Una fórmula de consumo bajo, y eficiencia moderada pero muy adaptativa. La prueba evidente de que esta fórmula le ha procurado buenos resultados al continuo ensayo de la naturaleza, es que estamos aquí, y no sólo eso, sino que somos la única alternativa de la especie que no se ha extinguido.

Por desgracia, en el otro plato de la balanza están las consecuencias de un sistema inmune de “bajo coste“, esto es, no siempre reconoce al invasor patógeno, hasta que ya resulta demasiado tarde, incluso considerando que este patógeno lleve más tiempo en el planeta que nuestra propia especie, como podría ser el caso del cáncer, y las infecciones víricas.

En el primer caso, la consecuencias son siempre letales (sin ayuda externa), y el segundo, se ha adaptado a aquellos virus que conoce, pero se manifiesta impotente para agredir a virus nuevos. Considerando que los virus también evolucionan mediante la mutación, engañarle no resulta una tarea demasiado difícil para ellos, aunque algunos virus actúen de forma estúpida, matando al portador, lo que supone su propia extinción, pero debe entenderse que la primera función genética esencial del virus es replicarse. Una vez que las réplicas superan las 100.000 copias, se entiende una infección severa, cuyas consecuencias dependerán del virus implicado.

Rápidamente, el ser humano ha desarrollado “parches” para ayudarle. Primero con la medicina natural (basada en productos orgánicos naturales), y después con la medicina farmacológica. En los últimos años, hemos incorporado los “parches” de la ingienería genética y celular, así como los avances electrónicos que le ayuden en la detección, como la tomografía axial computerizada, la resonancia magnética … etc.

Estos “parches” han sido de ayuda inestimable para nuestra psicoinmunología, convirtiendo un sistema de “bajo coste” en un conjunto de estretegias internas y externas de coste elevadísimo, y eficiencia mejorada miles de veces, lo que ha permitido elevar la esperanza de vida de la especie, incluso a cotas, donde la genética no había previsto, lo que supone no pocos inconvenientes actualmente, tales como intercambiar los dientes por otros nuevos artificiales, corregir los problemas de visión, disminuir el proceso de oxidación, mejorar el reforzamiento óseo y articular … etc.

Uno de los mayores inconvenientes de la evolución de “bajo coste“, es que algunos mecanismos, simplemente son incapaces de adaptarse adecuadamente, generando más problemas de los que realmente resuelven en una sociedad moderna de cambios constantes. El mecanismo estrella por excelencia en este sentido, esto es, la pieza defectuosa de una máquina, que ocasiona problemas al funcionamiento general, es en nuestro caso, el mecanismo del estrés.

Esta pieza que tantas situaciones resolvió en su origen, con sus dos mecanismos básicos de afrontamiento o huida, ante un situación de riesgo, y cuyo mecanismo está basado en la adrenalina, la noradrenalina, el cortisol, la serotonina, las endorfinas y la acetilcolina, básicamente, depende en forma esencial de otro mecanismo ubicado en la corteza cerebral, los procesos cognitivos, quienes se encargarían de evaluar con rapidez, si la situación resulta amenazadora, y en que grado. Los procesos cognitivos corticales han sufrido también una evolución de “bajo coste“, y han primado la rapidez frente a la eficiencia, por lo que sus percepciones se ven obligadas a basarse en hechos subjetivos, lo que induce con muchísima frecuencia a la distorsión cognitiva, esto es, lo que percibe, y la realidad, no se corresponden.

Puesto que la percepción cognitiva actúa como interruptor de puesta en marcha del mecanismo del estrés, y resulta ser, que el interruptor falla con relativa frecuencia, la consecuencia lógica es que en numerosas ocasiones, el mecanismo del estrés se iniciará ante situaciones que finalmente no resultaron ser ninguna amenaza. Cuando esta situación comienza a repetirse, lo llamamos trastornos de la ansiedad. Primer problema de los muchos que ocasiona la interacción entre el sistema inmune y el mecanismo del estrés, que iremos relatando en esta serie de capítulos.

Realizado por la Sociedad de Hipnosis Profesional.

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